jueves, 30 de abril de 2015

Y mientras tanto Saudade

Saudade” es un término del portugués que difícilmente encuentre una traducción fidedigna al castellano. Abordada como una prima hermana de la melancolía, la saudade completa los puntos suspensivos de la falta.

La Bossa Nova nacida en la bellísima canción compuesta por Tom Jobim y Vinicius de MoraesChega de saudade” replicada en la guitarra celestial de Joao Gilberto, exprime las penas presentes en las almas cariocas, y suena en “Saudade de Bahía” también en la voz de Jobim resonando hasta en el eco de la de Paulinho Moska, fresca y sutil; y la desgarradora “Sodade” de Cesaria Evora.

Manuel de Melos, el escritor portugués, la definió como “bem que se padece e mal que se gosta” (bien que se padece y mal que se disfruta). Ramón Piñeiro, desde una perspectiva filosófica, dice que la saudade proviene de la soledad. El mineiro Mario Palmeiro en cambio, elige cantar en “Saudades” que para entender su significado, solo basta con enamorarse para perder después el amor.



La saudade vendría a ser ese “mientras tanto”, ese “quizás”, es el tiempo en suspenso de un cursor que titila y no deja clickear en el “send”. Es el tiempo de reposo de un saquito de té, que con dudosa temperatura aguarda a que con la borra se disipen los tristes pensamientos, es ese signo de interrogación que en realidad pretendemos no develar.

Eso pareciera haber pensado Lucas Santa Ana, cuando de la mano de Francisco Ortiz en la dramaturgia, sacó del proscenio y trajo a escena nuevamente (la obra estuvo ya en cartelera en el 2014) en primerísimo plano las historias de Germán y Sergio; vecinos y amigos de la infancia que tras reencontrarse terminarán por encontrarse a sí mismos.

Con una escenografía minimalista, la historia sostiene el argumento gestáltico de que “el todo suma más que las partes”, y con ajustadas actuaciones del elenco (se destacan la de Gabriel Gavila en el papel de Sergio y María Lía Bagnoli, en el papel de Elvira su madre) el hilo argumental se sostiene oscilando entre flashbacks que rompen la cronología de un tiempo que se retrotraerá para volver a empezar.
En la reunión de Sergio y de Germán, la historia de Horacio y Nazareno sus padres; como quien calca un dibujo, dejará traslucir que la historia, en palabras de Eduardo Galeano: “solo se repite como penitencia a quienes son incapaces de escucharla”.
A partir de los recuerdos que les quedan, será la hora de reconstruir la historia de sus padres, para entender la suya y dejarse atravesar por los recuerdos y la angustia.
Mientras tanto, la saudade.



Ficha técnica:
Actores: Gabriel Gavila (Germán), Patricio Witis (Horacio), Facundo Martín (Sergio), María Lía Bagnoli (Elvira), Agustín Aguirre (Nazareno), Pilar Abentín (Ana)
Realización de Escenografía y Vestuario: Mariana Petrini
Diseño de iluminación: Soledad Ianni
Asistente de iluminación: Carolina Rabenstein
Música Original: Coiffeur
Diseño de maquillaje: Paula Delguy
Diseño de peinados: Ramiro Sorrequieta
Fotografías: Kenny Lemes
Diseño Gráfico: Leandro Kolera
Prensa: Correydile
Asistente de Dirección: Lucas Sánchez
Dramaturgia: Lucas Santa Ana y Francisco Ortiz
Dirección: Lucas Santa Ana
Viernes, 20.30 hs: El Estepario Teatro: Medrano 484


Big eyes: sus ojos se cerraron

Este jueves y con la dirección de un irreconocible Tim Burton, llega a cartelera una película para ver con los ojos bien abiertos: “Big eyes”, la historia del matrimonio Keane y del misterio de los niños que desde el lienzo guardaban el secreto de los ojos gigantes.

Muchos son los rumores que susurran, que el autor de “Romeo y Julieta” no fue William Shakespeare.
Una de las historias, retratada por Roland Emmerich en “Anonymous”, narra la vida de Edward de Vere: Conde de Oxford, dramaturgo, poeta, mecenas de las artes y,  al parecer y decir de la película de Emmerich; autor de las obras literarias más maravillosas de la humanidad, atribuidas naturalmente al Bardo.
¿Cómo podría William Shakespeare, un vulgar analfabeto del vulgo, con problemas de alcoholismo y debilidad por los excesos, concebir la historia de amor más triste e indeleble de la historia?

Peggy Doris Hawkings (Margaret Keane), es una artista estadounidense  cuya obra es conocida por plasmar grandes ojos en los personajes de sus óleos y retratos de mujeres, niños y animales domésticos.
Nacida en 1927, presa de una timidez crónica y con el peso en los hombros de una sociedad que, en proceso de transición, condenaba la liberación femenina; con el autoestima devastada por un divorcio y el rol de madre soltera, se casa con Walter Keane: un vendedor de inmuebles autoproclamado artista bohemio en sus ratos libres.
Existen muchas películas que abordan la vida de artistas y personajes de la Historia desde el lugar de la conspiración, y muchas también las que buscan reivindicar al héroe y darle el lugar que se merecía en la línea de tiempo.



En el caso de Tim Burton en “Big Eyes” las intenciones se muestran confusas. Tal vez porque el director, confeso fan de Margaret Keane, intenta que la obra en la película: lejos de toda pretensión de sumergirnos en alguno de los mundillos fantásticos a los que nos había acostumbrado; sea el principal sostén de la defensa de la artista; que en la piel de Amy Adams pasará bastante desapercibida bajo el halo hipnótico de Walter Keane (Christoph Waltz).
Si la intención explícita de Burton hubiese sido la de levantar nuevamente la sospecha de que sí era Walter el autor de los ojos grandes, la elección de Waltz para encarnarlo hubiese sido apropiada.

La sugerencia en cambio de que fue la anodina protagonista la verdadera Creadora y no la genialidad, verborragia y estilo; la majestuosa catarata de palabras y de magia brindada por ese ser que es el Walter Keane de Waltz: que conmueve hasta la última fibra con la asombrosa y peculiar técnica para devenir psicopatía en nostalgia; resultará al menos tan inverosímil como el hecho de que el film entero haya sido concebido por el mismo Burton que deslumbraba con hombres con manos de tijera y directores geniales rodados en blanco y negro.
 ¿Cómo pudo Margaret Keane un ama de casa sin autoestima, con las pasiones sepultadas y  la mirada vencida, concebir sus ojos grandes?
La pregunta ya resuelta por el peso de la historia, justicia mediante y escándalos multimediáticos a escala; queda flotando en el aire junto con la pretensión de Burton de mantener su lugar de rockstar del  séptimo arte.


FICHA TECNICA:
“Big eyes” (Estados Unidos, 2014)
Dirección: Tim Burton
Guión: Scott Alexander, Larry Karaszewski
Elenco: Amy Adams, Christoph Waltz, Danny Huston, Jason Schwartzman, Krysten Ritter,Terence Stamp, Heather Doerksen, Emily Fonda, Jon Polito, Steven Wiig, Emily Bruhn, David Milchard, Elisabetta Fantone, Connie Jo Sechrist, James Saito
Duración: 106 minutos.



The Wind rises: Flotando en el viento

Hayao Miyazaki se despide este jueves de la pantalla grande en la cartelera porteña. El poeta japonés creador de “El viaje de Chihiro” nos cuenta esta vez la historia de Jiro: el niño miope que sueña que algún día podrá volar.

Miyazaki le dice adiós al cine, después de un historial sorprendente que contabiliza un total de cero decepciones. Para quienes nacieron en la década del 80´, no les será difícil recordar la serie animada “Heidi” que daban a la hora de merienda en uno de los canales de tv local, de la que fue co-creador. Era una de las primeras animaciones japonesas que llegaban al país, que después llenarían la grilla con los dibujos que parecían moverse en cámara lenta.

Hoy con opciones variopintas de animé y comics que mutan en la pantalla grande y nuevas técnicas de digitalización de los dibujos, Miyazaki pudo hacer lo que nadie consiguió antes: le hizo frente al gigante Disney que monopolizaba la atención coloreada y, muñido de su masterpiece “El viaje de Chihiro”, se alzó con un Oscar a la Mejor Película animada en el 2002 venciendo ante alguna de las favoritas de la terna: “Lilo y Stich” y “La era del hielo”. Ese mismo año se alzó con el Oso de Oro en el Festival de Berlín, convirtiéndose en la primer y única película animada en conseguirlo.

El autor de obras maestras como: “La princesa Monokoke”, “Porko Rosso” y “El castillo ambulante”; inspirado en un poema del francés Paul Valéry: “Le vent se lève, il faut tenter de vivre” (El viento se levanta, debe tratarse de vivir), deja vacío el detrás de cámara y nos regala su último haiku dorado: “The wind rises” (en japonés “Kaze Tachinu”, en castellano: “Se levanta el viento”).

Es difícil ocasionalmente, distanciarse del cine que retrata humanos, que utiliza actores y modela situaciones en espacio y tiempo real, cuando lo que se mira es dibujado en una película animada. En el caso de “The wind rises”; como en toda la obra de Miyazaki; el formato y los colores son parte de una belleza ineludible que constituyen la composición de lo que pareciera haberse concebido como un cuadro que confirma que el todo sí es más que la suma de las partes.

Cada detalle, cada color, cada movimiento, cada palabra, cada sensación despertada en el espectador; contribuyen a que la historia de Jiro, el joven que sueña que puede volar nos suene real. Admirador de Giovanni Caproni, un ingeniero aeronáutico italiano con quien conversa en sueños, desde niño cultivará la pasión por las alas que intentará desplieguen vuelo y hagan caso omiso a la miopía que amenaza con estrellar su sueño. Ni la guerra que azota su tierra, ni la pobreza ni el hambre que sobrevuelan su pueblo, harán que se desplome su objetivo. Se elevará por encima de ellos con la hermosa Naoko de quien se ha enamorado y, enlistado en una empresa de ingeniería aeronáutica que le permitirá acaso volar más allá de las horas de ensueño, se dejará llevar por el viento.

El mensaje que no puede leerse en la película, es que Jiro existió más allá de las fronteras del cine, y fue uno de los principales responsables de la creación de los aviones bombarderos Mitsubishi utilizados en Pearl Harbor. Tal vez Miyazaki buscó desde la concepción de “The Wind Rises” reconciliar el alma en pena de Jiro Horikoshi, quien en su diario describía su oposición a los horrores de la guerra.

Aunque nunca sabremos si la película es una bella expresión de la culpa y el infierno personal del héroe de Miyazaki que no encontró eco en la realidad, siempre nos quedará el placer de sus postales románticas, su idealismo en colores y la certeza de que la duda desaparecerá, como todo en la vida y en palabras de Kansas: “como polvo en el viento”.



FICHA TECNICA:

Kaze tachinu (The Wind Rises)
Dirección: Hayao Miyazaki
Guion: Hayao Miyazaki (Cómic: Hayao Miyazaki. Novela: Tatsuo Hori)
Elenco: Animación
Duración: 126 minutos

domingo, 19 de abril de 2015

Meditaciones a la hora de la siesta

La siesta en verano se duerme después de comer sandía, con el dulzor en la boca, la persiana cerrada y el ventilador encendido.
En ocasiones de calor sofocante el piletazo, manguerazo o en su defecto duchazo previo es decretado de necesidad y urgencia.

En invierno, la siesta se duerme a cualquier hora y en cualquier momento y lugar.
Es requisito esencial hacer uso de por lo menos tres kilos de ropa de cama para alcanzar la temperatura ideal: siempre manteniendo una de las piernas envueltas entre frazada y pijama, y la otra fuera de la cama como saludando al sudeste, emulando la técnica de la pinza especie koala.

Por la tarde tiene gusto a caramelos "Media Hora", de esos que siempre regala la abuela, y huele a eucalipto y a Vic Vaporub.

Si llueve se excluye toda banda sonora externa del set. Si el techo es de chapa o de tejas, una forma de inducir el sueño, puede ser la de contar cuántas gotones caen estrepitosamente por minuto.

El sueño de las Musas - Eduardo Naranjo (1979)



La cantidad de páginas de un libro, que podrán leerse a la hora de la siesta, serán inversamente proporcionales a la cantidad de frazadas con las que se cubra. Cuanto más abrigado corporalmente, menos posibilidad de abrigar historias tendrá.

La siesta se duerme solo. No es válida la compañía a la hora de la siesta. No hay tiempo en las horas de la siesta para jugar al amor.

Como para comer un asado, SIEMPRE es un lindo día para dormir la siesta. Aún cuando el dormir viene acompañado de una triste noticia, y la casa se viste de luto; o después de una terrible comilona de por ejemplo, Navidad: Siempre la siesta concluye puntos suspensivos y dibuja el párrafo siguiente. 



Nota de la autora: La siesta no puede durar menos de dos horas, a pesar de lo que indiquen los médicos en El País: www.elpais.com.uy/vida-actual/cuanto-ideal-sueno-durante-siesta.html

jueves, 26 de febrero de 2015

Sombras nada más


 A pesar de la prosa torpe, liviana y poco atractiva, a pesar del rosario de clichés: del chico bello y multimillonario que enamora a la chica virgen de clase media soñadora, la saga de Christian Grey: el personaje que E. L. James llevó hasta la pantalla grande el día de San Valentín, es un éxito multimillonario que sigue llenando salas y reventando saldos editoriales.
Considerado un fenómeno editorial, cinematográfico y sociológico; la autora británica (hasta ahora una ignota profesora de historia) ha vendido más de 100 millones de copias de la trilogía  que ya ha sido traducida a más de 50 idiomas y casi alcanza la cifra del millón de entradas de cine vendidas en menos de un mes.
¿Cuál es el secreto del éxito de este Corín Tellado glamoroso en el que las páginas y los cuadros de la película, conforman el maridaje perfecto entre lo previsible y lo almibarado, lo seguro y lo que se supone osado? ¿Acaso como un disco de The Beatles al revés, oculta Grey  entre sus sombras alguna especie de mensaje satánico que hace que millones de mujeres (partidarias o no), no puedan desconocerlo? ¿Qué hace que los bomberos de Londres hayan emitido un comunicado advirtiendo los peligros de imitar el libro? ¿Qué conduce a una mujer a masturbarse en un cine en México viendo la película en una pantalla perdida de Sinaloha,  por qué ha muerto otra en una sesión sexual estrangulada por medias de nylon como en una escena de la novela, por qué han aumentado los casos de lesiones por juegos sexuales en Estados Unidos? Pero por sobre todo, ¿por qué se habla tanto del libro, de la película, se escribe tanto? ¿Por qué escribo esto?




El argumento del culebrón es bastante simple. Christian Grey es un multimillonario, con un nivel de intimidad tal, que hasta su propia madre duda de su sexualidad. Cuando conoce a Anastasia Steele, una estudiante de literatura que lo entrevista, comienzan una relación en apariencia solo sexual mediada por contratos escritos que Ana debe firmar: allí certifica además de la heterosexualidad de Grey, la privacidad y confidencialidad de todo lo que hagan, y se explicitan las cláusulas de la relación de dominante/sumisa.
Hasta aquí, casi que se parece uno de esos cortos con los que uno puede encontrarse si se googlea “bondage” o “hard sex” en cualquier página web; razón por la que podría entenderse la campaña: “Don´t watch 50´s shades of Grey, watch porn” (“No veas 50 Sombras de Grey, ve porno”), encabezada por tres actrices norteamericanas de la industria que recauda mundialmente más que el mismísimo gigante de Hollywood.
Sin embargo, a E.L. James, no le han bastado los disfraces y juegos que intentó incorporar en la búsqueda del erotismo de esta fan fiction basada en la adolescente saga de Crepúsculo (de Stephenie Meyer).
Por el contrario,  pudiendo haber hecho de esta una interesante forma de romper con los tabúes sociales insertos que gravitan sobre el universo de la intimidad femenina, eligió utilizar la poca temperatura alcanzada en las hojas y en la pantalla, para ponerlos a baño maría cubriéndolo con el antifaz de una tibia historieta amorosa concibiendo en palabras de Stephen King: “porno para mamás” con la calidad de una prosa basura.
Lamentablemente, las estrategias de marketing hicieron que supere ampliamente las expectativas de venta, y que muchas mujeres hayan comprado ese disfraz en pos de obtener el permiso imaginario de alcanzar libremente el “grito sagrado” que aún no sabían conseguir. Ése que hace que en un mundo donde 1 de cada 3 personas que miran sitios de pornografía en internet es mujer, haya crecido la venta de e-books porque las lectoras se veían avergonzadas por la lectura “indecorosa” de la novela en público, y debieran leerlo en dispositivos móviles o cambiar la tapa del libro por otra de uno más “socialmente aceptable”. Un mundo que adolece de hipocresía: que se abarrota de imágenes de mujeres-objeto hasta para vender un dentífrico, pero se estremece, escandaliza y condena la bizarra sensación que ocasiona un libro que no destierra, pero sugiere; que no revoluciona pero se instala en las tendencias de la actualidad, mientras desde la clandestinidad de una pc en cualquier lugar del mundo esa 1 de cada 3 personas es mujer y busca satisfacción.
Desde luego que la visión de la sexualidad del emporio Grey, es neta y absolutamente machista: la relación de dominación lo tiene a él como dominatriz, no es ella quien lleva los pantalones ni se encarga de las nalgadas. Está plagado de estereotipos, donde se concibe a la protagonista como una persona emocionalmente inestable, que requiere de ciertos juegos previos: una mujer romántica que no puede tener un buen revolcón sin propinarse la seguridad de su entereza emocional. Lo comercial del asunto, favorece también a los varones de turno que, con productos estrafalarios y portaligas de la marca, se ven favorecidos con la “incursión” y la excursión a las “fantasías” de su amante.
¿Es entonces la saga el inicio de un proceso de apertura en el imaginario colectivo? Podríamos pensarlo así, si no hubiesen hecho de este un producto comercial, un fruto de la idiosincrasia capitalista; fiel a sus fines y principios; y no a los futuros y posibles finales de sus lectoras.
Existen intentos de revolucionar aquello naturalmente revolucionado. Hay páginas de “porno para mujeres”. Hay cursos de masturbación conjunta (permítanme dudar de este disfraz de bacanal). Hay libros para incentivar el autoconocimiento y el placer femenino, y que las mujeres que no saben la diferencia entre “vulva” y “vagina” por ejemplo; conozcan las propias, se comparen y hasta las nombren. Todos son intentos válidos, pero siguen siendo funcionales y estando al servicio de la mirada de un otro que hasta ahora y desde el principio de los tiempos, sigue diciendo aquello que sí, y aquello que no y casi pero casi siempre es hombre.
Faltarán entonces muchos Grey, muchas Anastasias (esperemos que aquellos no echen por tierra el estilo) para que como en otros planos de la vida, en el del deseo también hombres y mujeres puedan completar sus puntos suspensivos y terminar sus historias como más les guste sin esconderse en la clandestinidad de una sesión de incógnito en una pc.


La nota original ha sido publicada en la Revista Polvo:
 http://www.polvo.com.ar/2015/02/sombras-nada-mas/

martes, 24 de febrero de 2015

Mi amor es el mar

¿Cuál es la distancia entre el  imaginario colectivo acerca de las relaciones y la vivencia de una relación humana real? ¿Es el amor romántico un ideal o existe en el plano real? Este es un intento de respuesta a la pregunta: ¿existe el amor para siempre?


Cuando una es una chica que creció viendo “Cuando Harry conoció a Sally” y “Tienes un e-mail” las posibilidades de encarar una relación exitosamente, son inversamente proporcionales a la cantidad de veces que se lobotomizó viendo esas películas.
En definitiva,  el momento mágico en el que la “chica” conoce al “chico” es sagrado, y no termina importando si no estallaron fuegos artificiales o si no hay mariachis cantando boleros hacia tu balcón.  No importa si el tipo en lugar de venir con las andromelias azules que tanto te gustan viene después de jugar a la pelota con un olor a chivo monumental.  Cuando sonríe te olvidás de las mañanitas del Rey David, de los pétalos azules, de los bigotes mexicanos, de Meg Ryan y de todo. El slow motion de las películas, esas que viste por docena, es real: porque nada te importa más que esa persona que es ESA como ninguna otra podría ser. Esa para la que te preparaste catorce horas antes combinando hasta las medias. Esa para la que te inventaste un discurso, te elegiste un chiste, que después cuando te habló olvidaste por completo. Esa para la que la agenda siempre se vacía y sos la persona menos ocupada del mundo. Esa misma que ahora por algún motivo pasó de ser el Marcelo Mastroianni de tu vida, al gil que stalkeás en todas las redes sociales para reírte y consolarte de los perfiles que se abre en las webs de citas para conocer gente y colocarla de vez en cuando. Ese gil que es un ser patético, triste y un chamuyero pero que por alguna razón no terminás de entender cómo consiguió que de sentirte Meg Ryan te sientas Rafa en el capítulo de Los Simpsons cuando Lisa escupe su corazón chuchú.
El tiempo pasa dicen algunos, también el agua corre debajo del puente, el reloj sigue dando las horas, y hay mil frases que uno puede repetir y no se cansa de escuchar, pero por algún extraño motivo suena una canción de rock de esa banda pedorra que le gustaba y todo lo que estuviste remando se diluye en el tiempo. Las salidas con amigas, el conocer gente nueva, el revisitar amores, el desempolvar hobbies, el llenarte de actividades sociales carecen de sentido.
Así como Harry amaba que Sally tuviera frío aunque estuvieran a 24 grados, que le tomara una hora y media ordenar un sándwich, la arruga de su nariz cuando lo miraba como si estuviera loco  y que después de pasar un día juntos su ropa conservara el olor de su perfume, hay mil cosas que uno aprende a amar de la otra persona. Cosas que no son costumbre, son alquimia pura: uno no ama la risa de cualquiera, hay risas molestas y algunas que llega a odiar, pero esa risa puede cambiarte esa mañana agreta en la que no querés madrugar.
Pasan los días, se suman canciones, salidas, conocen gente nueva, conocés a la familia y esperás que todo vaya bien, que les hayas agradado y que no hayan notado que estabas nerviosa porque no querés una historia de culebrón con cuñadas y suegras que te odian toda la fiesta de Año Nuevo.
No ponen nombre a futuros hijos: por suerte no piensan en ellos, pero imaginan viajes, y comparten historias de hermanos chinos que no existen, y cantan canciones en la guitarra que siempre suena desafinada pero que a tu voz a las tres de la mañana le queda genial.
No duermen los primeros seis meses, se aman en cualquier rincón de la ciudad, ya no importa si es en la vía pública, a la vista de los vecinos que se deciden sumar a la pijamada, o en el medio del río mientras adolescentes patinan las pistas de las que, estando a metros, solo escuchás el rasguido de las rueditas contra el asfalto.
Por eso lo que resta es esperanto. Lo que sigue en la historia está escrito en otro idioma que vas a intentar hablar: primero apelando a tu instinto autodidacta; justificando ausencias con responsabilidades y obligaciones y descuidos con desfasajes horarios; y después apelando a los traductores en que devendrán tus mejores amigas, que al mejor estilo de “Simplemente no te quiere” eludirán la verdad un tiempo, para asombrarse con vos después cuando llegue el “Adiós para siempre”, “ya no siento lo mismo”, “mi amor es el mar”, y todos los etcéteras con los que intentará calmar el llanto que nunca querrá oir, ni consolar, ni padecer; las horas en las que te sostenga la mano mientras esperás que en un acto de sincericidio responsable (porque tendría que existir un ente que regule la irresponsabilidad en el amor!) te cante las cuarenta como Eels en un:  “I‘m Going To Stop Pretending That I Didn’t Break Your Heart” (voy a dejar de pretender que nunca rompí tu corazón).
Lo que sigue es la fase a lo Bridget Jones, cuyos estadios clichés son gradualmente incrementados de acuerdo a la cantidad de días que transcurran sin que levante el teléfono o te conteste algún mail. No es necesario putearlo, no hacés escándalo, sos una mina zen. Pero necesitás entender. Necesitás un por qué. Te dijo que eras la mejor, te dijo que eras muy buena persona, que le costaba entenderte a veces de tan buena. Te expresó de mil maneras que le gustabas. Lo hermosa que le resultabas, lo mucho que lo calentabas. No lo dijo una vez, no fue circunstancial, te lo dijo durante mil horas, durante más de un año y medio. El adivinar qué pasó es tarea para el equipo de antropología forense, porque a esta hora el tipo habrá desaparecido. No hará caso a los mails que le mandás, adjuntando explicaciones que buscaste en libros apelando a su racionalidad. Tampoco hará caso a la memoria emotiva cuando le recordaste lo mucho que sonrieron en ese viaje que habían planeado juntos, o los momentos en los que creían que no había nadie más en el mundo. Para cuando responda un mail bomba de caca al estilo Deepak Chopra con frases maniqueístas (un “pecho frío” para los amigos futboleros), vos ya estarás sin comer durante una semana con la misma ropa, sin bañarte, sin levantar la persiana, con el ventilador apuntando a la cara como si fuese la diferencia entre respirar o morir, adormecida por el Xanax que conseguiste que te dejó dormir un par de días.
 Habrás pensado entonces en huir como si la soledad fuese la cárcel de Guántanamo. Te preguntarás en lo subsiguiente si lo que te duele realmente es la soledad, y como persona racional y adepta al empirismo lo probarás. Saldrás con cuanto pinche turista se te antoje, tomarás micros a lugares alejados, peligrarás en muchas ocasiones, seguirás llorando en otras en la mañana cuando todo termine y te preguntés que hacés en ese lugar, con esa persona que no es ni será él.
Pensarás en cortarte el pelo, cambiar de locación, de trabajo, de profesión. Rezarás a un dios inexistente para dejar de compararlo. Para dejar de esperar que la cantidad de los lunares que tenía en el brazo coincida, que los abrazos se sientan igual. Que los besos sepan igual. Que ese lenguaje que ahora es esperanto vuelva a ser el mismo, y que por un milagro aparezca y alguien te diga que saludes a una cámara, que todo era parte de una broma.
Ofelia - Millais (1852)


Pasará el tiempo, correrá esa agua que rezaban bajo el puente. Tal vez lo recuerdes mucho al principio, tal vez no. Tal vez en algún momento dejes de pensar que te lo vas a encontrar en el subte, entrando al mismo vagón entre las miles de personas que lo toman todos los días y dejarás de pensar que piensa como vos en qué estarás haciendo. Tal vez alcances el punto medio aristotélico y entiendas que una relación no puede ser todo, e intentes serte fiel a vos misma por un tiempo. Tal vez puedas escucharte y encarriles la pasión en otras cosas. Te llenarás de distracciones que te gusten, y un día llegará el momento en que su nombre ya no te duela como si fuese una parte del cuerpo.
No hay un libro que nos enseñe a superar el dolor de perder a otro. No existe una fórmula mágica, no es exacto. Tal vez es mejor pensar que el corazón es demasiado grande para amar a solo una persona en la vida. Que no existe un límite de historias a contar, que no hay un tope de abrazos y besos para dar. Y que hay más cosas lindas bajo el sol. Hay que completarse, para darse después. Reconstruirse y celebrar esa deconstrucción, para renacer y ser de nuevo feliz.
John Lennon escribió una vez: “Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja y la vida solo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en la vida merece cargar en las espaldas la responsabilidad de completar lo que nos falta”. Hoy pienso que tiene razón, tal vez me dure hasta que me deje enamorar nuevamente.

El artículo completo se publicó en la edición online de la revista mexicana Clarimonda:  http://clarimonda.mx/mi-amor-es-el-mar/ 

Salir con chicas que no leen

Segunda entrega de #Miscelánea: "Salir con chicas que no leen": Pro y contra de salir con chicas amantes de las letras.


¿SALIR CON CHICAS QUE NO LEEN/SALIR CON CHICAS QUE LEEN?


"Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo continuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida. "



Lámina José Villanueva -  "Las tres edades de la mujer"
Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)
Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela. 



Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta. 

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe. 

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato. 

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida. 

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza. 

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.



El artículo se publicó en la edición online de la revista colombiana "El Malpensante": http://www.elmalpensante.com/articulo/1904/salir_con_chicas_que_no_leen_salir_con_chicas_que_leen.