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miércoles, 17 de junio de 2015

¿Dónde estaba yo cuando escribí esto?

¿Existen claves infalibles para escribir una buena crónica? En este texto, leído en un seminario de escritura creativa en Bogotá, la autora repasa sus propias páginas buscando la respuesta entre el placer y la disciplina.
Ilustración de Camilo Mahecha


Lo diré corto, lo diré rápido y lo diré claro: yo no creo que el periodismo sea un oficio menor, una suerte de escritura de bajo voltaje a la que puede aplicarse una creatividad rotosa y de segunda mano.
Es cierto que buena parte de lo que se publica consiste en textos que son al periodismo lo que los productos dietéticos son a la gastronomía: un simulacro de experiencia culinaria. Pero si me preguntan acerca de la pertinencia de aplicar la escritura creativa al periodismo, mi respuesta es el asombro: ¿no vivimos los periodistas de contar historias? ¿Y hay, entonces, otra forma deseable de contarlas que no sea contarlas bien?
Yo no creo en las crónicas interesadas en el qué pero desentendidas del cómo. No creo en las crónicas cuyo lenguaje no abreve en la poesía, en el cine, en la música, en las novelas. En el cómic y en sor Juana Inés de la Cruz. En Cheever y en Quevedo, en David Lynch y en Won Kar Wai, en Koudelka y en Cartier-Bresson. No creo que valga la pena escribirlas, no creo que valga la pena leerlas y no creo que valga la pena publicarlas. Porque no creo en crónicas que no tengan fe en lo que son: una forma del arte.
Excepto el de inventar, el periodismo puede, y debe, echar mano de todos los recursos de la narrativa para crear un destilado, en lo posible, perfecto: la esencia de la esencia de la realidad. Alguien podría preguntarse cuál es el sentido de poner tamaña dedicación en contar historias de muertos reales, de amores reales, de crímenes reales. Las respuestas a favor son infinitas, y casi todas ciertas, pero hay un motivo más simple e igual de poderoso: porque nos gusta.
Yo no creo que haya nada más sexy, feroz, desopilante, ambiguo, tétrico o hermoso que la realidad, ni que escribir periodismo sea una prueba piloto para llegar, alguna vez, a escribir ficción. Yo podría morirme –y probablemente lo haga– sin quitar mis pies de las fronteras de este territorio, y nadie logrará convencerme de que habré perdido mi tiempo.
Pero no han venido aquí para escuchar esa perogrullada en la que creo: que la escritura creativa no debería ser excepción en el oficio sino parte de él. Se supone que, además, debo contarles cómo se hace. O cómo creo que se hace.
Y es ahí donde empiezan todos mis problemas, porque no hay nada más difícil que explicar una ignorancia. Quizás la historia del mago ayude un poco.
Era febrero de 2007. El hombre y yo estábamos sentados a una mesa cubierta por un paño verde, en una cabaña de madera con vista a un parque desbordante de árboles y setos perfectamente diseñados. Una lámpara derramaba, sobre la mesa, un charco de luz que iluminaba naipes, dados, una navaja. Dispersos aquí y allá por el pequeño cuarto había bastones con puño de plata, sombreros, velas encendidas. La escenografía era minuciosa, y yo no podía evitar la desconfianza: parecía un escenario armado para mí. El hombre me miraba sin bondad, con ojos de búho, y yo no podía entender por qué todos decían de él que era un maestro –el mejor mago del Cono Sur– si yo no veía más que a alguien que citaba a Borges sin haber leído a Borges, y para quien los bastones con mango de plata, las velas y los sombreros eran sinónimo de buen gusto.
Hasta que le pregunté por qué, en toda su vida, no había tenido más que dos discípulos. Suspiró, como quien va a decir algo importante, y dijo esto: «Porque estoy harto de los discípulos que no quieren admitir que no saben nada. El discípulo llega acá con un desconocimiento inconsciente: no sabe nada, y ni siquiera sabe que no sabe nada. Trabaja, se esmera, transpira, y llega a tener un desconocimiento consciente: no sabe nada, pero sabe que no sabe nada. Despues trabaja, se esmera, transpira: ahora sabe, y sabe que sabe. Pero debe trabajar todavía mucho más, esmerarse y transpirar hasta lograr un conocimiento inconsciente: hasta haber olvidado que sabe. Entonces, y sólo entonces, el conocimiento habrá llegado al músculo. Y hasta que no llega al músculo, el conocimiento es sólo un rumor. Pero hay poca gente dispuesta a hacer ese camino: lleva décadas».
Cuando escribía este texto recordé la historia del mago y pensé que, quizás, el verdadero trabajo de todos estos años no ha sido para mí el de escribir sino, precisamente, el de olvidar cómo se escribe. El de fundirme en el oficio hasta transformarlo en algo que se lleva, como la sangre y los músculos, pero en lo que ya no se piensa. En algo cuyo funcionamiento, de verdad, ignoro. En algo que hace que a veces, al releer alguna crónica ya vieja, contenga la respiración y me pregunte, con cierto sobresalto: «¿Pero dónde estaba yo cuando escribí esto?».
***
Dicen que, al atardecer, el gran cocinero Michel Bras llevaba a sus ayudantes a la terraza de su restaurante en la campiña francesa y los obligaba a permanecer allí hasta que el sol se ocultaba en el horizonte. Y entonces, señalando el cielo, les decía: «Muy bien: ahora vuelvan a la cocina y pongan eso en los platos».
Así como el respeto exacto de las proporciones y los tiempos de cocción no alcanza para explicar una receta sublime, una gran crónica tampoco es producto de un buen comienzo mezclado con un puñado de frases respetables embutidas en una estructura de perfección quirúrgica.
Para empezar por algún lado, habría que decir que el arte del buen cronista empieza a la intemperie o, al menos, fuera de su casa, con los días, semanas o meses que pasa junto al objeto de su crónica, cazando situaciones, tomando nota de cada detalle y volviéndose voluntariamente opaco. Sin esa actitud de acecho discreto, nunca traicionero, no hay crónica posible. Yo he permanecido semanas junto a personas tan disfuncionales como una pesadilla agónica de Marilyn Manson, completamente olvidada de mí –de mi incomodidad, de mi cansancio, de mi hastío–, sólo concentrada en ser, lo más pronto posible, cincuenta kilos de carne sin historia: alguien que no está ahí; alguien que mira.
Son semanas de eso. Y después hay que volver a casa, y escribir diez páginas, y aspirar a que sean diez páginas perfectas.
***
No soy partidaria del cliché de la tortura: de la imagen del periodista que sufre, que escribe de noche sentado sobre una pila de clavos y de libros de Cioran. Yo escribo durante el día, hago gimnasia, casi no fumo, no tomo café, pero cada vez que me dispongo a escribir deseo, con todo mi corazón, ser otra cosa: cantante de rock, diseñadora de modas, doble de riesgo. Abrazar cualquier profesión que me aleje del hastío que me producen esos días monótonos en los que, de todos modos, ya he aprendido a internarme casi sin quejas, con resignación y confianza, y sin más luz que me guíe que las tres o cuatro frases del principio.
Que no es poco.
Un buen principio debe tener la fuerza de una lanza bien arrojada y la voluntad de un vikingo: ser capaz de empujar a la crónica a su mejor destino, y caer con la brutalidad de un zarpazo en el centro del pecho del lector. Con un buen principio lo demás es fácil: sólo hay que estar a la altura, hacerle honor a esos párrafos primeros. Yo, que no obedezco nunca a nadie, obedezco a mis principios con sumisión arrebatada: sé que son el único leño al que podré aferrarme en ese océano de palabras donde no encontraré, por mucho tiempo, lógica, orden, ni prolijidad.
Y aunque aparecen cuando quieren, sin dejarse sobornar por lógica alguna, no empiezo a escribir a menos que tenga, con mucha suerte, uno; con mala suerte, dos y, con pésima suerte, varios principios.
En 2006 escribí la historia de un transexual de 14 años que solicitaba una operación de cambio de sexo. El caso era inédito, no sólo por su juventud extrema, sino por el apoyo público y combativo de sus padres, dos profesionales de clase media. Pasé días releyendo las desgrabaciones, imaginando posibles comienzos antes de dormir, durante la cena y en el metro, en el trabajo y en la calle. Hasta que una noche, mientras cocinaba, apareció. Empezaba así:
Esa tarde, toda la tarde, Amanda trajinó la casa escondiendo tijeras y cuchillos, navajas y hojas de afeitar. Porque la vio mal –nerviosa, diría después–, y sospechó: su hija, Eugenia, entraba y salía de los cuartos cerrando puertas con furia, los ojos dos ascuas vivas, y Amanda preguntaba «¿Qué te pasa, Euge, por qué, por qué?», más por calmarla que por esperar respuesta: hacía dos años que sabía por qué.
Esa tarde de agosto de 2005, Eugenia, 15 recién cumplidos, furtiva como un gato, encontró al fin lo que buscaba: un filo. Entonces se encerró en el baño, se quitó la ropa y se hizo un tajo –hondo– en esa parte suya que la asquea: el sexo que lleva entre las piernas. El pene.
Aquella niña bruscamente fundida en varón que intenta mutilar el sexo que la asquea decía, de la ambigüedad, todo lo que yo era capaz de decir.
Claro que así como hay principios que cuestan lo suyo, hay otros que aparecen enseguida.

Ilustración de Camilo Mahecha
Jorge Gonzalez es un hombre de dos metros treinta de altura a quien apodan el Gigante y que vivió su minuto de fama jugando al básquet en los años ochenta. Estuvo a punto de ingresar a la nba pero, en vez de eso, decidió formar parte de un equipo de lucha libre en Estados Unidos, porque pagaban mejor. Las cosas salieron mal, y ahora vive paralítico, pobre, solo y diabético en el pueblo que lo vio nacer, rumiando la pena de todo lo que fue y de lo que ya no es. Pasé con él una semana y cuando regresaba a casa en un ómnibus destartalado, mirando por la ventanilla, apareció el principio: vi esa tierra rala, pobre, a la que había ido a buscar a un hombre extraordinario, y que había imaginado, en cierta forma, igual de extraordinaria. Y vi que no era más que otro rincón de la vieja y gastada y pobre República Argentina. Saqué mi anotador y anoté lo que después, pulido, sería esto:
No.
Ésta no es una tierra extraordinaria. La provincia de Formosa, en el noreste argentino, es una planicie sin elevaciones con una vegetación que fluctúa entre el verde discreto de las zonas húmedas y los campos agrios de la sequía. No hay lagos ni montañas ni cascadas ni animales fabulosos. Apenas el calor del trópico mezclado con el polvo en una de las regiones más pobres del país. Y sin embargo allí, a orillas de un río llamado Bermejo, un pueblo de nombre El Colorado –donde 17 mil personas viven del trabajo en la administración pública y la cosecha del algodón– tiene, entre todas sus criaturas, a una criatura extraordinaria: El Colorado es la tierra del Gigante.
Son las dos de la tarde de un día de noviembre. Las calles del pueblo se revuelven a 43 grados de calor y en el hotel Jorgito una mujer joven, de andar cansado, dice «Pase, le muestro su cuarto». Los cuartos son así: cama, ventilador, la mesa, el baño. Cuando la mujer se va suena el teléfono y una voz honda –la excrecencia del eco de una catedral o de una bóveda– dice:
–Al fin. Ahora estás en mi territorio.
Desde su casa, a cinco cuadras del mejor hotel del pueblo, Jorge González, el Gigante, se ríe.
La palabra No del comienzo negaba toda posibilidad excepcional y plantaba, además, la primera de varias semillas amargas. El Gigante resultó ser un hombre despótico, dueño de un resentimiento interminable, al que le quedaba una sola forma de dominio: su voz. La usaba para ordenar, para exigir hielo, agua, cigarros, mate, gaseosa, una toalla, insulina, el teléfono, empanadas. Y pensé que eso, el último reducto del Gigante, tenía que retumbar a lo largo de la crónica. No bastaba definir esa voz con un adjetivo como honda, seguramente justo pero no suficiente. Había que rodear a la palabra de un círculo de fuego: hacer que el lector se detuviera en ella. Y escribí eso de «Cuando la mujer se va suena el teléfono y una voz honda –la excrecencia del eco de una catedral o de una bóveda– dice: “Al fin. Ahora estás en mi territorio”». Excrecencia, además, no es palabra simpática: remite a algo vagamente repulsivo. Y criatura se llama a los niños, pero también a las bestias de la noche y a las infamias de los circos.
Escribir es, a veces, como poner levadura en una masa: no hay que hacer nada, excepto dejar que las palabras hagan su trabajo. Y hay que tener cuidado, porque lo harán con eficacia aterradora.
***
Con el principio debidamente encontrado sobrevienen días horrendos. Días en los que, más que escribir, acumulo: diálogos, escenas, frases, datos. El resultado es un texto monstruoso, ilegible, del tamaño de un libro chico: el embrión deforme de la crónica. Sólo después empieza lo que llamo escribir, que no es otra cosa que quitar, de ese cascote mal armado, lo que sobra.
Leí que les sucede a los escultores y a los que construyen sus tablas de surf: se limitan a sacar de la madera o de la piedra lo que ya está ahí. Lo que yo hago durante los días siguientes es rebanar, pulir, sacar, quitar la viruta bajo la cual está la crónica completa. Encarar ese enorme trabajo de selección del que dependerá que una historia sea buena o una parodia de sí misma, que terminará contando la vida de una persona o montando una ridícula maqueta.
A veces encuentro una veta pura –un clima, una frase, una idea– y la sigo hasta donde se agota y se pierde. Pero nunca me detengo: durante esos días no miro mails, no hablo por teléfono, no salgo de mi casa, y aunque sienta que no voy por buen camino quito, pulo, rasgo, rompo una y otra vez, una y otra vez. Mi método es la insistencia. Un ejercicio casi físico que implica irradiarme de la crónica como de una materia tóxica hasta que ella crece dentro de mí como una cáscara, hasta que estoy llena de su silencio ominoso que reclama toda mi atención. Hasta que ya no existe en mí más que eso: su viento mudo.
Durante jornadas pesadillescas de doce o quince horas no pienso en otra cosa que en atravesar el velo que separa: atrapar sus tobillos, rendirle las caderas, hacer que la crónica se venza y me deje ver su música, me enseñe a cantar con ella.
De a poco, a partir de ese magma de palabras mezcladas, se dibuja, sin que yo sepa cómo, una columna hirviente hacia la que todo converge y desde la que se disparan nervios y neuronas, arterias y venas, los músculos, los huesos, cartílagos, tejidos, y brota, sólo, el cuerpo poderoso de la crónica. Eso que debe tener la forma de la música, la lógica de un teorema, y la eficacia letal de un cuchillazo en la ingle.
***
Así como los cocineros tienen sus juegos de cuchillas, los cirujanos su instrumental quirúrgico y las modistas sus canastas con hilos, los periodistas tenemos nuestra caja de herramientas. En la mía, hasta hace poco, había demasiadas cosas: metáforas adjetivadísimas, sustantivos arrancados a las entrañas mohosas de los diccionarios, efectos especiales, luces de colores, guirnaldas, frunces, encajes, moños. Hoy, esa caja tiene la parquedad del maletín de un forense: llevo los huesos del idioma, cuatro adjetivos, todos los signos de puntuación, y pocos credos: que menos es más, y que las cosas se dicen mejor cuando se dicen poco. En el perfil de un empresario de la carne argentino, por ejemplo, un hombre llamado Alberto Samid sospechado de enriquecimiento ilícito y corruptelas múltiples, después de describir la vida que llevaba –aparentemente modesta, sin autos ni bienes ni ropa de lujo–, tres líneas aisladas decían así: «Cosas que no tiene Samid: autos último modelo, muebles caros, casa de cinco mil metros, asesor de imagen, manicura, trajes Armani, yate, gemelos de oro, mocasines de cuero italiano. Por cosas como estas, podría pensarse que Samid es un hombre modesto».
Me gusta creer en esa idea: creer que, para decir algunas cosas, es mucho mejor –más eficaz– no decirlas.
Hace un tiempo escribí un libro que se llama Los suicidas del fin del mundo que cuenta la historia de un pueblo de la Patagonia argentina donde, a lo largo de un año y medio, doce mujeres y hombres muy jóvenes decidieron volarse la cabeza de un disparo o ahorcarse, en la intimidad del hogar o en la vía pública. Allí, en ese libro que reconstruye las vidas y las muertes de estos doce suicidas y del pueblo en que vivieron, un párrafo dice esto:
Había escuchado tantas teorías para explicarlo todo.
Porque sí, porque no había nada para hacer, porque estaban aburridos, porque no se llevaban bien con sus padres, porque no tenían padres o porque tenían demasiados, porque les pegaban, porque los hacían abortar, porque tomaban tanto alcohol y tantas drogas, porque les habían hecho un daño, porque salían de noche, porque robaban, porque salían con mujeres, porque salían con mujeres de la noche, porque tenían traumas de infancia, traumas de adolescencia, traumas de primera juventud, porque hubieran querido nacer en otro lado, porque no los dejaban ver al padre, porque la madre los había abandonado, porque hubieran preferido que la madre los hubiera abandonado, porque los habían violado, porque eran solteros, porque tenían amores pero desgraciados, porque habían dejado de ir a misa, porque eran católicos, satánicos, evangelistas, aficionados al dibujo, punks, sentimentales, raros, estudiosos, coquetos, vagos, petroleros, porque tenían problemas, porque no los tenían en absoluto.
Teorías. Y las cosas, que se empeñaban en no tener respuesta.
Creí que no hacía falta decir más para decir que la respuesta no estaba entre los vivos.
Que los vivos, en todo caso, sólo podían ofrecer respuestas miserables.
Por lo demás, en los prados donde pastan las crónicas brota de todo y ellas se alimentan: cómic y poesía, novelas y cuentos, música y cine. Y, de todas esas cosas, probablemente nada enseñe a escribir tanto y tan bien como las películas.
Los directores, como los cronistas, cosen escenas, producen continuidad, organizan información y hacen transcurrir cuarenta años en dos horas. Las películas, como las crónicas, no se construyen sólo con planos generales y ritmos lentos, sino con primeros planos, planos americanos, monólogos, flashbacks, escenas de tiros, escenas de sexo y escenas de violencia. En las crónicas, como en el cine, hay voces en off, travellings, paneos.
Hace un par de años escribí la historia de un militante de izquierda desaparecido en la Argentina durante la última dictadura militar, un chileno llamado José Liborio Poblete, a quien apodaban Pepe. La historia arrancaba con Buscarita Imperi Navarro Roa, la madre de ese hombre, un día de septiembre de 1971, allá en Santiago. Decía así:
El 10 de septiembre de 1971, en el living de su casa –pasaje 40, Villa 4 de Septiembre, La Cisterna, Santiago– a Buscarita Imperi Navarro Roa se le volcó, entera, una botella de aceite, y ella no supo que hacer, más que las cruces.
–Me santigüé, y dije ay dios mío, dios mío, qué va a pasar. Porque se volcó entera, la botella entera –dice, más de treinta años después, en su departamento del barrio de La Boca, Buenos Aires.
Volcar una sola gota de aceite fuera de la cocina, reza la superstición, puede traer meses de mala suerte. Y a ella, supersticiosa, se le había volcado una botella. De todos modos, no dijo nada. Limpió el charco y esperó.
La tranquilizó el ritmo de los días: serenos en aquella primavera. Había problemas de dinero, como siempre, pero los hijos –eran siete: José «Pepe» Liborio, Lucinda, Fernando, Patricia, Víctor, Patricio y Francia– no traían sobresaltos, y su propio trabajo –limpiar casas ajenas– marchaba bien.
El 15 fue su cumpleaños.
El charco de aceite había empezado a quedar en el olvido cuando el 17 de septiembre su hijo mayor, José «Pepe» Liborio Poblete, 16 años, le anunció que viajaría a Curicó en tren, con un amigo. Buscarita dijo «Bueno» y se quedó limpiando. No había motivos para ver en eso una amenaza y puso agua para el té.
Septiembre, a sus espaldas, empezaba a ser el mes tan cruel.
Dos párrafos después, Pepe Poblete caía por accidente sobre las vías, el tren le cortaba las dos piernas, y, con la esperanza de conseguir rehabilitación adecuada, dos años más tarde, viajaba a la Argentina donde, en 1977, sería secuestrado junto a su mujer y su hija de ocho meses, torturado, probablemente ejecutado y con certeza desaparecido por el régimen militar.
Empezar con la cámara fija en Buscarita haciendo el té, inocentemente haciéndose las cruces, era una forma de resaltar la monstruosidad del destino que aparecería dos párrafos más tarde, perseguiría a esa mujer hasta el otro lado de la cordillera, la alcanzaría y terminaría por destrozarla. Pero por el momento sólo veíamos un plano cerrado de esa dama humilde calentando agua. Y aun sabiendo que algo muy malo iba a pasar, no sabíamos qué, y no sabíamos cómo. Se nos había clavado, como a Buscarita, la mala semilla de la premonición.
Eso –decir el horror sin decirlo– se puede aprender de muchas formas, pero no está mal aprenderlo en el cine, paralizados, con la respiración rígida entre la boca y la garganta, sin entender la razón de ese volcán de miedo que nos ahoga si después de todo estamos en el cine, si después de todo en la pantalla el cielo es tan azul, la protagonista tan plácida y dormida, la puerta tan cerrada y sin embargo...

Ilustración de Camilo Mahecha
Se podría pensar que, con el bloque de texto pulido, la información organizada, cierta coherencia interna y algunos recursos más o menos bien puestos, está todo hecho.
Pero no. Todavía falta lo difícil: que la crónica, así como el humo asciende buscando una vía de escape, fluya buscando su propia música.
El escritor japonés Haruki Murakami dice esto en un texto llamado «La música de las palabras»:
Ya sea en la música o en la ficción, lo principal es el ritmo. Tu estilo tiene que tener un ritmo bueno, natural, firme, o la gente no va a seguir leyéndote. Aprendí la importancia del ritmo de la música y, específicamente, del jazz. A continuación, viene la melodía, que en literatura viene a ser un ordenamiento apropiado de las palabras para que vayan a la par del ritmo. [...] Si las palabras se acomodan al ritmo de una manera suave y bella, uno no puede pedir más. Lo siguiente es la armonía: los sonidos mentales que sostienen las palabras. [...] Prácticamente todo lo que sé acerca de escribir, lo aprendí de la música [...] Si yo no hubiera estado tan obsesionado con la música podría no haberme convertido en novelista. [...] Mi estilo está tan profundamente influido por los riffs salvajes de Charlie Parker, digamos, como por la prosa elegantemente fluida de Scott Fitzgerald [...].
Alguna vez el escritor y periodista argentino Martín Caparrós dijo que su única habilidad verdadera era tener cierto oído para el ritmo de las palabras. «Eso es lo que yo considero mi capital –dijo–. Debo confesar que la prosa que escribo está plagada de endecasílabos. Siempre me sorprendo, porque me parece que es un recurso tan obvio y tan poco usado. Poca gente mide las sílabas de lo que escribe». En su libro de crónicas El interior, Caparrós describe así una gigantesca siderúrgica llamada Acindar:
Aquí, ahora, en ese espacio enorme gris espeluznante hay rayos, fuego, truenos, materia líquida que debería ser sólida: el principio del mundo cuarenta y cuatro veces cada día. Aquí, ahora, en este espacio de posguerra nuclear hay caños como ríos, las grúas dinosaurias, las llamas hechas chorro, sus chispas en torrente, cables, el humo negro, azul, azufre, gotas incandescentes en el aire, el polvo de la escoria, las escaleras, los conductos, los guinches como pájaros monstruosos, olor a hierro ardiendo, mugre, sirenas, estallidos, plataformas, calor en llamaradas, las ollas tremebundas donde se cuecen los metales y, muy imperceptibles, los hombres con sus cascos antiparras máscaras tan minúsculos –que parecen casi nada si no fuera porque todo esto es puro hombre, obra del hombre, bravura de los hombres, naturaleza dominada. Aquí se hace el acero.
Uno puede imaginar a Caparrós volviendo una y otra vez sobre ese párrafo, leyendo, releyendo, solfeando, midiendo, cambiando adjetivos y tiempos de verbo hasta lograr la métrica perfecta, el ritmo justo, la mejor forma de contar lo que también podría decirse así: «Acindar, la siderúrgica líder en el país, es muy grande».
La diferencia, claro, es que, donde esa frase no dice nada, aquel párrafo emana olor a hierro, aturde con bramido de sirenas, y es imposible despegar la información de su placer estético –lo que dice, de cómo lo dice– porque el secreto de su potencia, de su perfecta eficacia, reside en el encastre milimétrico de cada pieza y, por tanto, está disperso: en todas partes y en ninguna.
Así como un orfebre no ceja hasta lograr un engarce sublime, un periodista pasa días removiendo párrafos, recortando frases, afirmando voces, refinando escenas, trabajando ruidos, escribiendo fusas y corcheas, artículos y verbos, semitonos, bemoles, sostenidos, hasta lograr que fluya: que parezca fácil. Hasta lograr que, bajo la superficie tersa de la crónica, bajo su música serena, quede oculto lo que la pone en marcha. Su esqueleto. Sus músculos severos. Su íntima arquitectura de goznes aceitados.
***
Llegamos al final y me las he arreglado para no responder a la pregunta: ¿cuál es el método?
Hace poco leí que una directora de teatro decía que su método era «el del buen alpinista que modifica su equipo en función de la montaña, del tiempo, del día. Tengo la impresión –decía la mujer– de que al comenzar los ensayos hay una montaña enorme que habrá que escalar, y lo importante, en ese momento, es elegir los crampones adecuados».
La respuesta es engañosa. Ella, ustedes y yo sabemos que el problema reside, justamente, en saber cómo elegir los crampones adecuados. Y la única respuesta que tengo es una respuesta desesperante: que se hace con eso que llaman intuición y que, si bien no está exenta de esfuerzo, es intransferible.
Yo no tengo corazón para decirle a alguien que, para escribir una crónica, debe encerrarse en un departamento de 36 metros cuadrados en jornadas de dieciséis horas y concentración de monje budista. Pero, en el fondo, todo lo que tengo para decir es eso: que debe encerrarse en un departamento de 36 metros cuadrados en jornadas de dieciséis horas y concentración de monje budista.
Porque no sé cómo funciona lo demás pero, sobre todo, no quiero saberlo.
A Ferrán Adriá, el catalán afecto a la cocina molecular, le gusta pasar seis meses investigando con qué cantidad de oxígeno un tomate se transforma en espuma, y eso sólo hace su arte más sublime.

A mí me gustan las cosas sofisticadas, el idioma lujoso y bien lustrado, las estructuras complejas, pero prefiero seguir desconociendo la química de las emulsiones: no saber del todo cómo y por qué funciona la maquinaria. Temo que, si la miro con tanta intensidad, termine por romperse. O por aburrirme, que es como decir lo mismo.
En los últimos tiempos, para ocasiones como ésta, he tenido que volver sobre mis textos y ver cómo y por qué tomé tal o cual decisión. Y me he sentido, una y otra vez, como una fabuladora –porque ni una sola de las decisiones que tomé para escribir los textos que acabo de leerles fue producto de algún tipo de reflexión, sino de mi insistencia de burra sobre la computadora– y como Harry Angel, el detective interpretado por Mickey Rourke en aquella película de Alan Parker llamada Corazón satánico. En esa película, Harry Angel es contratado para rastrear a un cantante y soldado desaparecido cuyo nombre es Johnny Favorite. Angel sigue las pistas hasta el final, sólo para descubrir que el cantante desaparecido es él mismo, que ha sido contratado para seguir las huellas de su propio pasado, y que en ese pasado ya no es un detective sentimental sino una bestia sin alma. Y lo que me da miedo no es seguir mis propias huellas para terminar descubriendo que, al final del arco iris, estoy yo misma devorando corazones de niños indefensos, sino, precisamente, eso: que la búsqueda se acabe. Que, de tanto buscar, termine por encontrar algo.
Prefiero sospechar algunas cosas. Que toda levedad se monta sobre tornillos erizados. Y que si lo de arriba flota, es porque lo de abajo lo sostiene. Pero no sé cómo se hace.
Sí sé que vale la pena abandonar esa orilla alfombrada de prosas higiénicas y mudarse a esta otra, bastante más incómoda, a la que se llega con esfuerzo, con hombros y ojos cansados, y que no promete, además, ningún alivio.
Pero allí, alguna vez, escribiremos algo.
Algo que olvidaremos por un tiempo.
Algo que, después de meses o de años, volveremos a leer.
Y entonces, con la respiración contenida, con un sobresalto leve, nos haremos aquella pregunta del principio: «¿Pero dónde estaba yo cuando escribí esto?».
Y ése será todo nuestro premio: haber estado ahí. Y no recordar cómo.

Leído en: http://www.elmalpensante.com/articulo/116/donde_estaba_yo_cuando_escribi_esto

miércoles, 6 de mayo de 2015

Mentira la verdad: un siglo de Orson Welles

Hace 100 años nacía Orson Welles, el genio detrás de "Citizen Kane". Enemistado con Hollywood después del fracaso de su ópera prima, cumpliría hoy un siglo de rebeldía, contradicciones y una vida entera cultivando el misticismo.
Como un rockstar con caprichos de prima donna, luchaba contra la mediocridad hollywoodense, buscando distinguirse entre tantos directores, que parecían ser cortados por la misma tijera. 

"Todo en mí es una contradicción, al igual que en cualquier otra persona. Estamos hechos de oposiciones, vivimos entre dos polos. Hay un filisteo y un esteta en cada uno de nosotros, un asesino y un santo. Los polos no se reconcilian. Simplemente se reconocen". 

En el intento  de alejarse de algún imaginario punto medio aristotélico y de las historias comunes, sostenía que: "Una película nunca es realmente buena, a menos que la cámara sea un ojo en la cabeza de un poeta".
En 1938, trasmitió en forma de radioteatro la lectura de la novela: "La guerra de los mundos" de H.G.Wells, intercalando boletines informativos que despistaron a quienes acostumbrados a escuchar los clásicos que leía Welles al aire (como el "Drácula" de Stoker, o las "20 mil leguas de viaje submarino" de Verne) sucumbieron al pánico y la desesperación. 

La transmisión de la novela de Wells, con el drama acompasado en los cortes al vaivén de "La cumparsita" y "Polvo de estrellas" (desde la concepción de Welles la transmisión del programa se realizaba desde el Hotel Meridian, y la música era interpretada por su orquesta), fue seleccionada específicamente por ser 30 de octubre: la víspera de Halloween; y, más allá de notificar a la audiencia al principio de su programa, de que lo transmitido era parte de una ficción, las crónicas del día siguiente decían que el horror causado por el radioteatro de Welles había generado embotellamientos, accidentes de tránsito, avalanchas humanas, agolpamientos frente a comisarías, hospitales e iglesias, además de suicidios, abortos e infartos.

La anécdota, sirvió como objeto de estudio de la comunidad científica norteamericana, por la reacción provocada por el público: ¿constituían los oyentes del programa una masa de estúpidos, o los medios de comunicación podían alcanzar tal grado de manipulación de la información?

Planteado el interrogante, la autora se reserva la que cree es su respuesta, e invita a pensar:  ¿qué hubiera pasado hoy si el desembarco de marcianos se hubiese transmitido desde las redes sociales, o desde un canal opositor o desde un canal oficial? 

Mientras tanto, pueden compartir aquí el audio de la genial transmisión de Welles, que 77 años después, nos interpela y moviliza a la reflexión: 


domingo, 3 de mayo de 2015

Entonces concha

Si todavía un detergente lo usa sólo una mujerSi la cerveza está a la venta sólo para levantar minas.Si aún escuchas la frase: “a mi novio no le gusta”.Si encendés la tele y ves un matrimonioQue usa los beneficios de un bancoY él resopla su descontentoMientras ella rompe las bolasY se resignan a que “eso” es amor.Si eso te da risa.Si el mensaje es “cuidá” a tu familia dándole aspirinas.Si es más importante lo blanca que quedó la camiseta de tu esposo.Entonces concha.Si las mujeres siguen haciendo el coro.Si el “igualismo” se trata de destrozar la tarjeta del maridoY revisar sus mensajes.
Si la confianza y los celos comienzan a ser sinónimos.Si la igualdad se proclama ejerciendo eso mismo que condena.Y ella debe rendir una materia más por ser mujer.Si el genérico es “él” diferenciando un “ella”.Si aún es puta la que coge mucho.Entonces concha.Si las tetas te pesan la autoestimaY fingís orgasmos anticonflictos.Si la que te dice no: es histérica.Y la que te dice si: es fácil.Si aclaras “va a haber minitas”.Y el alfajor dice “amigos o novia, los grises no existen”Y todos los medios le hablan a los hombresMenos cuando de limpieza y pañales se trata.Si usar un tampón te extirpa la mitad del cerebro.Entonces concha.Si creés que la amistad entre mujeres no existeQue ellas se odian secretamentePorque compiten por un tipoY si la amistad entre el hombre y la mujer es imposiblePorque en el fondoEn el fondo ¿qué?Si “no es femenina” o si “es un macho”O si “llora como una nena”.Y la Barbie sigue con tetas de silicona yankee.Y la prostitución se apaña como la profesión más vieja del mundoEntonces conchaSi las mujeres logran posiciones de poderPero en el fondo se sabe, son más hijas de putaHijas de putaHijas de putaHijas de putaSi el hijo es la cadena con la que atar al que no te quiereMientras la violación es un secreto que avergüenza a la víctima,Porque:“Por algo será”Si tu cuerpo es el cuerpo de la IglesiaY temes dejar todoY viajar sola hacia tu propio caminoSi sufrís esperando un príncipe.Si insistís creyendo en la princesa.Entonces conchaSi las lesbianas te calientan porque pensásque en el fondo quieren un macho.Si te da miedo agarrar un destornillador.Y ser buen padre es “ayudar” con ése bebé.Si ganaste un máster en resignaciónante los “piropos” callejerosY te sentís elogiada porque te dicenque aún “estás buena” y “además”Sos inteligenteEntonces concha.Mientras avanza todo y todo avanzaY todo progresa en la superficieAbajo se baila lo mismoLa fiesta de las tradiciones petrificadasY el parto es un milagro que muchos prefieren burlar.Y tener un hijo “complica todo”.Concha.Entonces conchaHasta que la libertadNos haga subir escalonesEntonces conchaHasta que tu risa se confundaCon mi risaEntonces conchaHasta que el enojo se vuelva paz.


Luz García

viernes, 1 de mayo de 2015

Una vuelta por la feria del libro 2015

Este año, es la vez número 41 que se celebra la Feria del Libro en Buenos Aires. 
No vendrán Gabo, ni Eduardo Galeano, aunque hay invitados especiales de nombres rimbombantes en las redes sociales. Viene Rosa Montero, llega Arturo Pérez Reverte, entre muchos otros personajes del mundillo intelectual.
Hay charlas sobre la literatura rusa, con un comité que viaja especialmente para la ocasión. Hay concursos que premian al conocimiento de la literatura argentina. 
Hay trivias para saber qué clase de héroe o heroína literaria sos, con pantallas táctiles pendiendo de los muros. 
Está la rueda de la fortuna de Melquíades donde se pueden ganar premios y participar como si la feria deviniese por arte de magia en una  kermesse de barrio. 


Hay juicios donde las partes se encuentran batallando con poesía.
Hay máquinas parecidas a las rocolas para elegir miniejemplares de clásicos de la literatura nacional en el stand de la Biblioteca Nacional. 
Hay conferencias, actividades y hasta simulaciones de juicios donde lo que se juzga es la validez de la descarga virtual de libros, por ejemplo. 
Las editoriales han dispuesto todo para que la oferta satisfaga todos los gustos. Así descansan entre clásicos inolvidables, saldos de biografías de una Moria Casán pelada, un Daniel Scioli joven, colecciones de Billiken, sagas modernosas que aspiran a ser las nuevas Crepúsculo. Hay que destacar la presencia en la feria de editoriales emergentes, especializadas en Ciencias Sociales, en la difusión de los nuevos autores, de los nuevos dibujantes, de las nuevas ideas.
Enhorabuena, los libros!!

Dónde y cuándo:

La Rural, Predio Ferial de Buenos Aires: del 23 de abril al 11 de mayo de 2015.
Se puede consultar el programa completo aquí:
www.el-libro.org.ar




martes, 24 de febrero de 2015

Salir con chicas que no leen

Segunda entrega de #Miscelánea: "Salir con chicas que no leen": Pro y contra de salir con chicas amantes de las letras.


¿SALIR CON CHICAS QUE NO LEEN/SALIR CON CHICAS QUE LEEN?


"Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo continuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida. "



Lámina José Villanueva -  "Las tres edades de la mujer"
Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)
Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela. 



Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta. 

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe. 

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato. 

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida. 

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza. 

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.



El artículo se publicó en la edición online de la revista colombiana "El Malpensante": http://www.elmalpensante.com/articulo/1904/salir_con_chicas_que_no_leen_salir_con_chicas_que_leen.



No prometer nada es un arte complejo

La siguiente nota inaugura la sesión #Miscelánea del mundo contradictorio: Allí compartiremos fragmentos de notas perdidas y encontradas en el mundo virtual de las letras. Esta vez de la mano de Fernanda García Lao, para Revista Ñ.


Pripyat, Ucrania.
" La percepción del tiempo ha de ser distinta. A veces imagino que los años son giros, una rueda de parque de diversiones. Uno sube y regresa distinto. El cielo se acerca por un instante, pero es ironía. El giro te devuelve al suelo. Sin espacio para cambiar, pero con un poco más de aire."




2015. A algunos, la llegada del Año Nuevo los coloca en la situación de hacer un listado de propósitos y objetivos a cumplir. La autora de esta nota sugiere evitar promesas y actuar sin límites ni calendarios.

No logro entender el tiempo. Hace unas semanas, en la oscuridad de un avión en el aire, un pasajero con insomnio me hizo esa declaración. Nadie entiende, respondí. El insistió: en algunos lugares es de día, en otros de noche. Es por la rotación del sol, me atreví. Ah, claro. La azafata nos llamó a silencio. Apuré un vasito de tequila y regresé a mi asiento. ¿El tiempo es luz? El absurdo me disparó la pregunta. No hay movimiento lineal. Vivimos alternando luces y sombras.

Los años nunca terminan en diciembre ni empiezan el uno de enero. Por más que el sentido común nos repita lo contrario, la convención no cierra. O seré yo. Sin noche, el tiempo se hace rastrero. En los polos deben padecer una especie de eternidad luminosa que dura seis meses, una oscuridad igual de perenne. La percepción del tiempo ha de ser distinta. A veces imagino que los años son giros, una rueda de parque de diversiones. Uno sube y regresa distinto. El cielo se acerca por un instante, pero es ironía. El giro te devuelve al suelo. Sin espacio para cambiar, pero con un poco más de aire.

A pesar de todo, el fin se parece en todos lados. Se acaba el año con estallidos de pólvora mientras hay que cenar las últimas migajas de tiempo. Se engulle sin recato, se riega con champán o sidra o cualquier otra efervescencia, y se explota sin elegancia en el aire. Hay un miedo ancestral sentado a la mesa en todas las latitudes. El miedo es el invitado de honor. Un pusilánime con temor a que la rueda no gire, a que se quede sin fuerzas, a que se acabe. Fin es igual a desenlace. Y ahora qué. La superchería nos empuja sin razón hacia el abismo. Lo que no fue, lo que salió torcido, todo espanta y ha de ser borrado sin más propósito que el de propulsarse como una ventosa felizmente liberada. Pero el abuso feliz es más que una artimaña de salvación. La fiebre inevitable del último día es un empacho que se construye con tesón a base de calor, cansancio, cuotas a pagar, y lujuria. Diciembre se parece mucho a un orgasmo porno: demasiado gritado. Luces, guirnaldas, posturas sin sentido. Sonreír y acabar, actuar la felicidad de estar vivos.

Algunos huyen, es cierto. Pero la fiebre los persigue y los encuentra. Los fugados se rehúyen y terminan haciendo cola por una falsa libertad en una playa abarrotada de gente.

El fin es el tiempo de las promesas. El abismo sugiere una proposición al cambio. Ser mejor persona, escribir mejor, ser solvente, buen ciudadano. Intentos de toda índole que no funcionan de febrero a noviembre ahora parecen posibles, al fin. Así como un devoto promete misericordia a la salida de la iglesia a cambio de algún beneficio divino, la humanidad jura que será decente en enero. Y hace listas, compromisos con un tibio deseo de superación que nadie toma demasiado en serio. O balances. Peor: la vida no es un almacén. Que las cuentas cierren define la materialidad de los propósitos. Y si no, la insatisfacción se hace inevitable compañera. Más que al balance, adhiero al balanceo. Al vaivén y al desequilibrio.

Cuando los ojos se acostumbran a la oscuridad de no saber, el mundo brilla distinto. Eso me digo mientras pasa el tiempo y escribo estas líneas. Nada como el vértigo de vivir sin juramentos, moverse por el deseo y dejarse asaltar por lo que el azar provea. No se equivoque, lo mío no es una demostración de anarquía simpática. Cada vez que hice un plan inventé un fracaso. Me aburre planificar. O será que mi padre murió por accidente un día de vacaciones. Entonces, decir mañana es decir tal vez. Mi futuro queda a una baldosa de mí. Y no lo recomiendo. Simplemente, no me nace un futuro allá a lo lejos. Veo una nebulosa y el movimiento de la rueda, hacia arriba. Sabiendo que habré de bajarme.

El que sobrevive al escándalo del 31, llega a enero como una monjita descalza al altar, sin mácula. Enero tiene la virtud de que todo parezca limpio. La roña ya se fue y las calenturas de diciembre han engendrado a un ser impoluto. El recién nacido, puro, aunque levemente transpirado por las altas temperaturas, babeará nuestro destino con su suerte. Si nace encorvado, nos rumbeará mal y ya nada será lo que esperábamos. Así que hay que ponerlo de frente, a cielo abierto, y observarlo como es. Un vacío esperando sentido. El desierto hecho de posibilidades. Lo no dicho.

Entonces, permitir el silencio. El arte de no prometer nada es una disciplina compleja. Siempre hay otro que espera que uno apalabre algo, que se pronuncie en relación al devenir. Que diga cómo va a hacer y qué con su tiempo. Pero nada más imprevisible que estar vivo. Y sin embargo, la necesidad de ser confiable. Esto sí, aquello no. No soy una política ni una atleta. No sé casi nada de lo que viene. Me digo que voy a ser yo, que voy a vivir en mi casa, que escribiré. Que saldrá un libro mío. Y sin embargo, la duda. Escribirlo e inmediatamente ponerlo en cuestión. La literatura me ha llevado a tensar la realidad. ¿Voy a ser yo? ¿Otra vez?

Hagan sus listas, prometan, planifiquen y después, mueran de risa. Prometo no prometer nada. Dudo del tiempo. De ustedes. Y de mí. Sólo quiero subir de nuevo.

El artículo se publicó en la edición impresa de la Revista Ñ, del 26/12/2015. Aquí la edición online: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/no-ficcion/prometer-arte-complejo_0_1274272571.html

viernes, 16 de mayo de 2014

Algunos clásicos de la literatura infantil

En horas de la siesta escondidos bajo una frazada comiendo una manzana al grito de Atreyu como Sebastián en "La historia Sin Fin", los días de lluvia escuchando las gotitas sobre nuestra cabeza, o en verano al abrigo del viento que aliviana el sol, algunas de estas historias que menciono como al pasar, como quien no quiere la cosa, supieron adornar las horas en que nuestras cabecitas eran apenas pequeños tic tacs en la bomba de un tiempo que no se detiene. 

** Elsa Bornemann: La reina del desencanto adolescente.

Elsa Bornemann
Con historias de fantasmas que enamoraban adolescentes en la playa en época de vacaciones, Víctor el elefante con conciencia de clase, los cuentos de Thelma en la búsqueda del amor que le prometía el horóscopo, de las manos que abrazaban sin tener el resto del cuerpo, con Naomi y Toshiro, dos niños que en Hiroshima se proponen alcanzar las mil grullas para que su amor no sea en vano, con la de la mujer solidaria que compra tantas chucherías en el tren que se termina poniendo un kiosko, en ese mundo variopinto y estimulante que nos propone el anecdotario bornemanniano; Elsa Bornemann se gana el lugar en la marquesina de las reinas de la prosa adolescente en Argentina, y por qué no en Latinoamérica. Nos invita a repensarnos, y desde la adultez aún, en metáfora verde y puberiana , nos acerca también la posibilidad de cuestionar las bases que nos han sido legadas como incuestionables. En ese intento rupturista, Bornemann como sujeto de cambio alejada de las maravillas color rosa de sus líneas fue prohibida en Argentina, por la Junta Militar en el Gobierno de facto en el año 1976 bajo el pretexto de que su obra: "Se trata de cuentos destinados al público infantil con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica del accionar subversivo" y que "de su análisis surge una posición que agravia a la moral, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone". Apología de la libertad, la solidaridad y la justicia. Un delito inexcusable que se constituye en otra de las razones por las que la autora debe ser un clásico reivindicado entre las nuevas generaciones.  
Hay muchas, muy buenas y económicas ediciones: la editorial Alfaguara tiene todos sus títulos. fácilmente rescatables de los anaqueles de los saldos de tu librería amiga de la calle Corrientes.

**"Aventuras de Rufi, Isa y Tolín": Rafael Gómez Pérez.


Las Aventuras de Rufi, Isa y Tolìn 


Rafael Gómez Pérez, un periodista, crítico literario y profesor español, dio vida a los tres personajes de cuento que junto con el Espíritu Gordo de la Verdad crecían a fuerza de moralejas y enseñanzas que los desopilantes sucesos que vivían, nos impedirían olvidar. Un niño que odiaba la lluvia, Sofía la princesa encantada, Pitito el sabelotodo, un semáforo cansado de indicar correctamente los colores, un grillo extenuado que solo se reanima cuando interpreta a Bach, completaban un universo que satisfacía el ocio de los niños que embobados nos sabíamos sus historias de memoria. 
Es posible encontrarse con algunos títulos en Mercado Libre. 


Yo y Hornerín
**"Hornerín y yo" y "Las Aventuras de Chingola y Hornerín": María Hortensia Lacau.

Chingola es una niña especial. En el pueblo de Beyé Beyé no hay televisión, y no abundan los juguetes modernos que tienen los niños de la ciudad. En cambio existen leyendas que cobran vida en carnaval cuando la Doña del Bosque ofendida quiere arremeter contra los pajaritos que le enseñaron a hablar su idioma. Imposible desprenderse de esta historia, repleta de los detalles que hacen que brille atemporalmente. 

Chingola y Hornerín
Hace poco volví a leerlos, y conservan intactos todas aquellas sensaciones que hacen que uno piense que es posible a pesar del paso de los años, conservar la magia que nos hace distintos, mientras el mundo como en una horrible cadena de montaje, tiende a homologarnos.
De Editorial Plus Ultra, es posible encontrar algunas ediciones junto con algunos títulos de la colección en Mercado Libre o Más Oportunidades.





**La Torre de Cubos: Laura Devetach.
Este libro es uno de mis favoritos. Lo leí en el primer grado de la primaria cuando estaba aprendiendo a analizar oraciones. La maestra nos hacía marcar el sujeto, el predicado y los verbos en lápiz. Nunca me gustó escribir los libros. Hoy agradezco las anotaciones que aburrida entre tanta perorata sintáctica anoté.
Irene concibe un mundo que se imaginaba mejor. Su casa triste y sin colores cobraba vida en los dibujos del pueblo de monigotes que esbozaba en la pared que su mamá le había regalado. No tenía lápices de colores como el resto de los nenes. Debía alcanzarle con un carbón. Pero su pueblo inundado a veces por la lluvia que había rasgado, en el que se habían multiplicado los paraguas y los monigotes que aprendían malas palabras y frases graciosas gracias a las sopas de letras que cocinaba, sobraban para agrandarle el alma y enaltecer las esperanzas de quienes también desde pequeños notamos que definitivamente tendríamos que luchar por alcanzar un horizonte mejor. 

Como regalo de la autora, un pequeño fragmento de esta deliciosa historia:
"(...)Mamá no estaba. Tardaría en regresar trayendo su aromática bolsa llena de frutas y verduras. Cuando volviese, Irene la asaltaría y clavaría los dientes en el jugo abultado de las uvas. Entre tanto, armaba cosas con sus cubitos amarillos y rojos y hablaba con ellos mientras sentía el frío de los mosaicos. (...)La ventana estaba lista en el medio de la torre. Era así. chiquita. Como para que se asomase una persona del tamaño del dedo pulgar de Irene. La torrecita temblaba de miedo de romperse, pero se mantenía firme. (...) Primero parpadeó tres veces, luego cinco, porque desde el otro lado una cabra le sacó la lengua. (...) Se agachó nuevamente, espiando por el agujerito, y la cabra le dijo: "¡meee!" Irene no sabía que pensar. Espió de nuevo. Habia colinas azules y muchísimos durazneros en flor. Las cabras blancas subían y bajaban por una montañita de todos colores. (...)Era una verano tierno, de durazneros. Era un cielo liso como dibujado en la arena por la palma de una mano. Eran unas briznas de lenguas mojadas y allá, a lo lejos, enroscando humaredas desde las chimeneas, un grupo de casitas. En pueblo Caperuzo todos tomaban té con miel a las cinco de la tarde.(...)-nosotros defendemos, -explicaron-,defendemos al que lo necesita.

La torre de cubos
(...) -defendemos a los negros, cuando los blancos los desprecian. Les susurramos al oído: "negro, negro, tu cuerpo es brillante como la piel de la manzana, tu cuerpo es bueno y buena es tu cabeza. Tus manos son raíces que fuera de la tierra morirían. Hay que enterrarlas, aquí, y crecer y transformar los jugos del mundo para dar frutos. Negro, negro, -así les decimos-, hay que trabajar y aprender y enseñar hasta que cada brizna del campo reconozca tu buen cuerpo brillante como una manzana". (...)Los duendes de colores la llevaron a las colinas azules. Colgaban de los durazneros ligeros columpios, en los que Irene se hamacó riendo. La boca se le llenaba de viento con sabor a té. (...) El sol era un jugo lento sobre las colinas azules, Irene pasó toda la tarde conociendo maravillas. Aprendió a hacer delicadas torres de arena, a llamar a los peces rojos, a remontar barriletes desde los barquitos pardos. Cuando cayó la noche las aguas color membrillo se pusieron mas intensas y un incendio de estrellas se volcó en la superficie de las colinas. Las casitas seguían enroscando humaredas con sus chimeneas. Al acercarse al pueblo dejaron atrás el claro garabato de los durazneros. (...) Irene se sentía feliz allí. El olor a pan y a durazneros le llenaba el cuerpo. Las casitas caperuzas eran pepitas de luz suspendidas entre las colinas. (...) Irene cantó una alegre canción con los caperuzos y luego pensó que debía regresar. Un pequeñito apilaba cubos dorados. Al mirar por la ventanita de la torre, Irene vió a mamá que la buscaba por la casa. Sus aromáticas bolsas de frutas y verduras estaban en el piso, junto a los cubitos amarillos y rojos. Se levantó la pollera y el vértice de sus piernas rozó apenas la torre dorada. Con los dedos en manojo arrojó un beso para los caperuzos y corrió a morder el jugo de las abultadas uvas de mamá. Estaba segura de que si se lo proponía, su casa sería muy pronto una casa de caperuzos."



** Colección "Elige tu propia  Aventura"!! 
¿Cuántos de nosotros habremos leído esta colección?
En los libros de "Elige tu propia aventura" la historia está narrada en segunda persona, como si el lector fuera el protagonista del libro. Tras una introducción a la historia, se ofrece al lector la posibilidad de elegir por primera vez entre distintas opciones, que determinarán las acciones que emprenda el protagonista.


Elige tu propia aventura


Los tipos de final de los libros incluyen:

Al menos un final (a veces más) con una resolución que se desea mucho y que implica el éxito del protagonista en su misión. A menudo incluye el desentrañamiento del misterio y una recompensa económica.

Varios finales que concluyen con la muerte del protagonista, alguno de sus compañeros en la aventura o ambos, como resultado de una decisión incorrecta. También se incluyen aquí finales muy negativos (como, por ejemplo, un arresto o un encarcelamiento).

Otros finales que pueden ser satisfactorios (pero no el final más deseable) o insatisfactorios (pero no tan malos como los otros).
Ocasionalmente, el lector puede encontrarse «atascado» en un círculo vicioso en el que siempre acaba en la misma página (a menudo acompañado de alguna referencia a que la situación resulta familiar), como resultado de alguna elección particular. En este punto su única opción es volver a comenzar el libro.
Un libro, OVNI 54-40, de Edward Packard, trata acerca de la búsqueda de un paraíso que nadie puede alcanzar de forma activa. Una de las páginas de ese libro describe cómo el protagonista encuentra ese paraíso y vive feliz para siempre, pero este final sólo se puede encontrar si el jugador ignora las reglas y busca en el libro aleatoriamente. En el final se felicita al lector por descubrir la manera de encontrar el paraíso.
(Fuente: Wikipedia)


http://www.lanacion.com.ar/1690537-vuelve-un-clasico-elige-tu-propia-aventura-tambien-para-chicos-de-5-anos